Sistema frontal o la lección que no termina de decantar

El violento sistema frontal que golpea activamente a Chile expone, una vez más, la profunda brecha entre la predictibilidad de la naturaleza y la capacidad de respuesta de nuestras infraestructuras urbanas. Con más de medio millón de hogares a oscuras, comunas inundadas y clases suspendidas en seis regiones, el fenómeno impulsado por un río atmosférico de categoría máxima ha dejado de ser una simple anomalía invernal. Es la cruda realidad del cambio climático potenciado por El Niño.
No se puede culpar a la falta de información. La Dirección Meteorológica de Chile emitió alarmas rojas con días de anticipación. Las autoridades decretaron emergencias preventivas y ordenaron evacuaciones. Sin embargo, la recurrente caída de postes por ráfagas de viento y el colapso de colectores de agua demuestran que las ciudades chilenas siguen estando diseñadas para un clima del pasado. Las empresas de distribución eléctrica vuelven a quedar en deuda con planes de contingencia insuficientes ante eventos climáticos severos que ya son la norma.
Mitigar el impacto de estos temporales históricos requiere urgencia política. No basta con reaccionar de manera preventiva suspendiendo las actividades cotidianas. Chile necesita inversión estructural: soterrar el cableado crítico en zonas densamente pobladas, actualizar los planes reguladores comunales y robustecer las defensas fluviales. El costo de la inacción fiscal es infinitamente superior al de la reconstrucción posterior. Mientras la lluvia ininterrumpida siga desnudando las deficiencias del país, la resiliencia chilena continuará siendo un discurso reactivo y no una realidad planificada.
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